viernes, 1 de mayo de 2015

Abril 29

          15) Oh benignísimo Jesucristo -que después de tu amarga pasión y de la gloriosa resurrección te apareciste a la aflijida Santísima Madre María, con gran esplendor, y la colmaste de inefable y nueva alegría-, ten piedad de mí, pobre y enfermo, con frecuencia gravemente atribulado en el exilio de este mundo. Me postro profundamente delante de ti, y con intenso afecto golpeo con insistencia a la puerta de tu piadosa Madre, para que te dignes visitarme interiormente también a mí en el tiempo de mi aflicción, para consolarme, alentarme y liberarme de toda maligna tristeza y vana alegría.

Abril 28

          14) Tal vez esta visita y esta intimidad eran tan elevadas y celestiales en la casita de María, que ni siquiera a los apóstoles se les permitió entrar y escuchar las excelsas palabras que Jesús, purificado por el Padre, pronunció para María, su bendita madre, llena de gracia. Por lo cual, Señor Jesús, creo que es mejor de mi parte dejarlas confiadas a tus ángeles y, en vista de todos mis pecados y negligencias, pedirte humildemente perdón a ti que revelas tus secretos a los humildes y alimentas a los hambrientos con el mejor manjar celestial.

Abril 27

          13) Dichoso el que conoce este júbilo y, mediante la contemplación, se eleva de los temas terrenales y transcurre todo el día con Jesús y con María, desinteresándose de las cosas de este mundo. Creo que ningún mortal fue digno de estar presente en ese coloquio: solamente los santos ángeles y las almas de los justos, que seguían a su Señor por todos lados con gran reverencia y enorme alegría.