10) Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos; por el triste trayecto hacia el lugar de la sepultura, cuando bañada en lágrimas seguías a los que llevaban el santo cadáver y llorando fijaste la mirada en tu Hijo depositado en el sepulcro y encerrado bajo una gran lápida; por el doloroso regreso desde el sepulcro a la casa en que te hospedabas, donde acompañada de muchos fieles allí reunidos te deshiciste en lágrimas por la muerte del amado Hijo con repetidos lamentos, y fue tan copioso tu llanto que hiciste llorar a los que estaban a tu lado.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
domingo, 29 de marzo de 2015
Marzo 29
9) Te bendigo, te alabo y con todas mis fuerzas me encomiendo a ti, Santa e Inmaculada Virgen, por tu dolorosa presencia junto a la cruz de Jesús, donde abrumada y aflijida te detuviste por largo tiempo, atravesada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón (Lc 2, 35); por las abundantes lágrimas derramadas; por la gran fidelidad e inefable coherencia que demostraste a tu Hijo en su extrema necesidad, cuando estaba por morir; por el inmenso dolor de tu corazón, por el sufrimiento más lacerante en el momento de su muerte; por la palidez de su aspecto, cuando lo viste pender muerto delante de ti.
Marzo 28
8) Mientras todos los amigos de Jesús se habían dispersado, tú, aflijidísima Madre, con un pequeño grupo de mujeres te trasladaste impávida al Calvario, abriéndote paso a través de una muchedumbre amenazante, para acercarte lo más rápido posible al Hijo, al que estaban por crucificar. Querías verlo mientras estaba todavía vivo, a fin de poder recibir de él, antes que muriera, la palabra de su amorosa donación.
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