En cada momento implora a Jesús y a María, que te defienden de los enemigos del alma y del cuerpo, y conceden los goces eternos a quienes son sus servidores. Recurre a Jesús y a María en toda necesidad, manifestándoles tus pedidos, confesándoles tus culpas y deplorando los pecados cometidos. Pide perdón, abraza la penitencia, recupera la esperanza, promete enmendarte y ten confianza en la ayuda de la gracia. Si caes fácilmente en pecado, esfuérzate con diligencia en levantarte de nuevo, Jesús y María atenderán con gusto las oraciones del que los invoca, y no despreciarán el lamento de los necesitados. Hasta los ángeles estarán de fiesta cuando, de todo corazón, te hayas convertido de cualquier pecado y hayas abrazado una vida mejor, como le agrada a Cristo y a su bendita Madre. Procura tan sólo no ofenderlos, y ellos no te negarán su ayuda, ríndeles el debido honor y te tomarán a su cuidado con el mayor esmero.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
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