4) Comienza en la tierra a alabarlos, a venerarlos y a amarlos, para que puedas merecer la gracia de reinar con ellos, bendecirlos y ensalzarlos eternamente en unión con los ángeles y los santos. Es hermoso y suave alabar a Jesús, es amable y gracioso alabar a María. Alábalos en la alegría, alábalos en la tristeza, porque son dignos de toda alabanza y deben ser igualmente invocados en cualquier circunstancia. Cuanto más a menudo te ejercites alabándolos, tanto más crecerás en su amor y te robustecerás en la gracia de su devoción.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
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