2) El cuerpo ama los buenos olores y se reanima con el sustento de los alimentos; el alma en cambio se nutre, se robustece y se regocija con sólidas virtudes y santas meditaciones. Por eso, cuanto mayor sea la dedicación para perfeccionarse bajo la guía y en la escuela de los más nobles maestros, tanto más eficazmente se aprende y, en breve tiempo, se llega al colmo de la felicidad. Ahora bien, los más grandes maestros de las virtudes y las más destacadas luminarias de toda la santidad son Jesús y María, y son los que tienes que proponer a tu pequeñez para modelos de imitación, como si estuviesen delante de ti. A ambos debes unirte, haciéndote familiar suyo, dedicándote a ellos; y, en cualquier circunstancia en que oigas hablar de los mismos, detente a escuchar con diligencia cada punto. Y luego recapacítalo largo rato, y reflexiona atentamente acerca de lo que suscita edificación y dulzura.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
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