3) Cada vez que estés por recitar las divinas alabanzas o por realizar cualquier acción, a solas o con los otros, eleva primeramente los ojos al cielo e invoca con ternura a Jesús y a María, poniéndote entre súplicas bajo su vigilante protección, haciendo la ofrenda de ti mismo a su beneplácito, a fin de que tu acción sea grata a Dios, útil al prójimo y meritoria para ti. Que tu mente sea siempre pura, tu voluntad decidida, discreto tu trabajo, controladas tus palabras, bien terminadas tus acciones. Que todo se desarrolle para alabanza de Jesús y de su bendita Madre.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
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