12) ¡Es verdaderamente grande este llanto en Jerusalén! Detente, pues, tú también un poco, y aprende a llorar de la Virgen María: sus amargas lágrimas podrán conmover tu corazón en lo más profundo. Hela ahí de pie junto a la cruz, atormentada por intensos dolores, a aquella que un lejano día, frente al pesebre, estaba colmada de celestiales armonías. Se siente oprimida por el clamor de los judíos, ella que en otro tiempo fue honrada por los reyes magos; está toda salpicada de sangre de su Hijo, ella que había experimentado la caricia de su cándido aspecto.
“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.” (Apocalipsis 12, 1)
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